sábado, 2 de noviembre de 2013

Caminos de Mística y Contemplación

Caminos de Mística y contemplación

de  en 10 noviembre, 2009
Permítanme que empiece esta exposición con la oración con que Thomas Merton clausuró el “Primer Encuentro Espiritual” de monjes de Oriente y Occidente  en Calcuta en 1968:
Voy a pedirles a todos que permanezcan de pie y que se den la mano por un momento. Pero primero démonos cuenta de que estamos tratando de crear un nuevo lenguaje de oración, y este nuevo len guaje ha de brotar de algo que trascienda todas nuestras tradiciones y surja al exterior a través de la mediación del amor. Ha llegado el momento de separarnos, conscientes del amor que nos une, a pesar de las divergencias reales y de las fricciones emocionales… Las cosas que están en la superficie son nada, lo que está en lo profundo es lo real. Somos criaturas del amor.
Vamos, por tanto, a unir nuestras manos, como hicimos antes, y yo trataré de decir algo que surja de lo más profundo de nuestros corazones. Les pido que traten de concentrarse en el amor que hay en ustedes, y que está en todos nosotros. No sé exactamente lo que voy a decir. Voy a guardar silencio durante un momento y luego diré algo…
¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Acep tándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, porque nuestro ser es tu ser, nuestro espíritu está enraizado en tu espíritu. Llénanos, pues, de amor, y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor ha vencido. El amor es victorioso. Amén.[1]
El haber podido hablar al final de haberlo hecho los demás ponentes me ha permitido enriquecerme con todo lo dicho hasta ahora, y, además, agradecer las hermosas ideas que han sido expuestas. He querido leer esta oración de Thomas Merton porque responde a mis sentimientos en este mismo momento.
Precisamente hace muy poco ha salido un excelente libro[2] que ilustra muy bien cómo se han enriquecido mutuamente las tradiciones monásticas a lo largo de los siglos, y cómo todas ellas, en sus orígenes, apuntan a los mismos objetivos y cómo llaman de forma distinta a las mismas experiencias interiores, cómo distinguen y señalan pasos muy semejantes en la vida y progreso espiritual. Sobre este tema hablaremos más adelante.
Introducción.
El título de esta conferencia, y el hecho de que sea pronunciada en este Congreso, y en el lugar que fue el ámbito privilegiado de contemplación de una comunidad monástica Cisterciense (y que durante cuatro siglos ha sido el lugar de ocio ocupado en la contemplación y  reposo mortuorio de una gran mística abulense –María Vela (1561-1617)-, se debe, fundamentalmente, a que los monasterios han sido en el pasado, lo son hoy y lo serán en el futuro, lo creo firmemente,  caminos de contemplación, talleres de mística y espacios de libertad espiritual que han dejado y dejarán en la literatura espiritual, la historia del arte, la hagiografía y la sociología páginas de gran importancia.
Pero lo que caracteriza a los monasterios no son sólo éstos en sí mismos, fábricas arquitectónicas impresionantes –algunos de ellos, otros de la más recatada modestia-  o el que hayan sido renombrados por las grandes actividades, materiales o espirituales, desarrolladas en ellos y que los hecho famosos; los monasterios son también notables en virtud de las personas que han habitado en ellos, o los habitan. Y aunque haya o haya habido cientos de monasterios que no han merecido ni merecen, de momento, ni siquiera unas líneas en la historia de la espiritualidad y de la mística, todos ellos han tenido y tienen su razón de ser, y estar,  y ha habido y hay en ellos muchas personas empeñadas en la noble tarea de la mística y de la contemplación.
Muchas obras de la mística cristiana han sido elaboradas en monasterios, y recogen la experiencia espiritual de hombres y mujeres empeñados no sólo en vivir sino también en manifestar su itinerario espiritual…
Francisco Rafael de Pascual, ocso,
Abadía Cisterciense de Sta. Mª de Viaceli,
Ávila, noviembre de 2000.

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viernes, 1 de noviembre de 2013

La Búsqueda de Dios


La Búsqueda de Dios

en la Tradición hesicasta

Higúmeno Simeón, Monasterio de Saint-Silouane

(Saint-Mars-de-Locquenay)

Antes que nada les agradezco el haberme acogido en este coloquio. Es verdaderamente una muy gran alegría para mi el estar en medio de ustedes, y particularmente con nuestros hermanos musulmanes. Siendo ya monje, permanecí en París durante más de quince años y trabajaba para ganarme la vida. En esta ocasión, colegas de trabajo musulmanes me habían dado un nombre lo cual era para mí extremadamente emocionante, puesto que me llamaban Abd-ar-Rahmân. Y yo encontré que, por su parte, era un acto de amor, y ese acto de amor me había tocado profundamente. He aquí como he comenzado a conocer el mundo musulmán, por amor, la mejor forma de conocer verdaderamente…

Me parece tan importante que aprendamos, para amarnos, a conocernos. Nosotros no somos –a pesar de la tendencia de la sociedad actual– individuos aislados, somos personas, seres profundamente en relación. El individualismo contemporáneo es peligroso. Es necesario que cada uno de nosotros tenga conciencia, conciencia activa diría yo, de que somos seres personales, en relación. Lo que hacemos hoy, el encuentro que tenemos, no es otra cosa que una concretización de esta posibilidad de relación que debe conducirnos al amor. Por lo tanto gracias, otra vez más, por recibirme.

No siendo un conferenciante profesional, les pido disculpas de antemano. Yo quisiera abordar de una manera simple el tema de la Hesiquia, la búsqueda de Dios. Puede ser importante para comenzar, intentar dar una traducción, una definición de la palabra Hesiquia. Es una palabra de origen griego que se podría traducir por paz, silencio, quizás también por «tranquilidad del corazón». Ustedes saben que difícil es, a partir de una palabra extranjera, dar una traducción justa y es por esta razón por la que yo evoco varios significados. En todo caso, en este término que significa paz, silencio, reposo, hay que poner atención en no deformar el sentido de la traducción. Por ejemplo, si nos referimos a la palabra reposo, no se trata de un reposo que evocaría el sueño. En la tradición hesicasta no se trata en absoluto dedormitar, lo veremos un poco más tarde, es por el contrario una tradición de acción y de vigilancia.

No quiero darles una clase de historia sobre los orígenes del hesicasmo, pero quisiera simplemente recordar rápidamente como se ha desarrollado lahesiquia. ¿Cómo ha nacido? Pues bien, yo diría que nosotros la hemos recibido como hemos recibido muchas otras cosas; es la actitud del Cristo en el Nuevo Testamento. He aquí un corto pasaje del Evangelio que muestra la actitud del Cristo y que les hará comprender lo que es la hesiquia.

En este episodio, es la entrada de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su país de origen, lo que se evoca. El habla y es mal recibido, mal entendido. El final del relato nos dice así: «Todos en la sinagoga se llenaron de cólera oyendo esto. Se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por en medio de ellos, se retiró» (Luc 4, 28-30). La última frase de este texto es significativa. Elhesicasta, aquel que va a buscar vivir en la Paz del corazón, en la quietud, encuentra su modelo en la actitud del Cristo. El que, agredido, contestado, violentado, a podido pasar a través de ese gentío, sin decir nada, sin mostrar ninguna agresividad porque tenía, evidentemente a la perfección, un corazón colmado de paz. Solo su corazón silencioso, bañado de hesiquia, era la respuesta a la agresividad del entorno.

A partir del estudio y de la meditación de la manera de ser del Cristo durante su vida, los cristianos, y sobre todo los primeros monjes, han buscado la adquisición de esta hesiquia, esta paz silenciosa, esta tranquilidad del corazón. Y se puede decir que el ideal monástico está totalmente ligado a la tradición hesicasta. Puede que escuchemos decir, entre los cristianos ortodoxos, que hay monjes hesicastas y monjes no hesicastas. A mi no me gusta demasiado hacer esta diferencia. El monje, que es fundamentalmente un buscador de Dios, como otros buscan oro, debe obligatoriamente pasar por esta búsqueda de paz, de silencio, de abandono, que entraña otras virtudes, lo veremos más tarde. Por lo tanto yo no hago diferencia entre monjes hesicastas y monjes no hesicastas. Pienso que todos son fundamentalmentehesicastas.

Los primeros monjes, los primeros ermitaños –puesto, como probablemente saben, el monaquismo nació en el siglo IV con hombres y mujeres de los que San Antonio es el más célebre– partieron al desierto para buscar a Dios. Y vemos enseguida, llamo aquí su atención, de que hay un objetivo en lahesiquia. Ese objetivo es el descubrimiento de Dios. Yo diría incluso, es el deseo de encontrar a Dios. El hesicasta es un hombre de deseo, su corazón está lleno de deseo de Dios, y, a causa de eso, va a buscar como poder liberar su corazón de sus pasiones para encontrar su Dios. Los primeros monjes parten hacia el desierto, y esto es significativo. El desierto, como sabemos, es el lugar de retiro, el lugar de silencio. Se opone, en cierta manera, a la ciudad turbulenta. Esta soledad, este aislamiento son deseados y van a ser uno de los terrenos del hesicasta, del monje, para encontrar a Dios. Nosotros no podemos encontrar a Dios en la agitación. Dios mismo, en ciertos textos del Antiguo Testamento, nos lo dice. El explica al profeta Elías: «Yo no estoy en la tempestad, Yo no estoy en los relámpagos, Yo no estoy en los torbellinos del viento violento, sino que estoy en esa brisa ligera que escuchas» (cf. 1 Reyes 19, 11-13). Dios no puede ser encontrado más que en el silencio, y es necesario que el monjehesicasta parta hacia el desierto o que busque la soledad interior. Si hablo del monje, es porque todo esto ha venido de la tradición monástica, pero es evidente que cada uno puede vivir esta tradición hesicasta, si desea encontrar a Dios. Un laico puede ser unhesicasta y algunos de ellos han sido canonizados y reconocidos santos por la Iglesia.

En sus comienzos, el movimiento monástico a sido esencialmente eremítico y los primeros monjes eran sobre todo solitarios. Ha habido a continuación una evolución que se ha hecho bastante rápidamente, privilegiando la vida en comunidad. Esto se ha concretado sobre todo alrededor de san Basilio, en el siglo IV, San Teodoro Estudia en el siglo X y otros más. Ellos han organizado el monaquismo y propuesto reglas de conducta relativas a la manera de vivir juntos en esta búsqueda de Dios. Esto a dado los monasterios que nosotros conocemos y que continúan esta tradición hoy en día. Por lo tanto dos corrientes: los eremitas que ser retiran verdaderamente a un lado y en la soledad total o casi total, y los que viven en comunidad. Los dos tienen una búsqueda idéntica y los dos pasan por la tradición de lahesiquia, y no solamente por el método. Yo soy reticente a utilizar el término de método porque hay que poner atención en ello. La hesiquia no puede ser un método, en el sentido «técnico» en el que corremos el riesgo de comprenderlo hoy en día, y que es ambiguo. El hombre de hoy está como perdido. El busca –pero todos buscamos desde que estamos en esta tierra– busca como encontrarse a si mismo. Olvida que es volviéndose hacia Aquel que le ha hecho, Dios, su Creador, como podrá encontrase a si mismo. Pero vive esta búsqueda en una tal agitación que quiere experimentar no importa que medio par llegar a encontrarse.

La hesiquia no es un método como hay un método para aprender el ingles, y como existen todos estos métodos que conducen necesariamente a un resultado si son bien aplicados. No, la hesiquia no es para nada de esta clase de cosas. La hesiquia es una actitud, y no es por que el monje se vaya a retirar al desierto, huir del mundo, y buscar el silencio, por lo que va a encontrar a Dios. El método no es mágico. El método es un soporte, pero necesita, como lo he dicho hace poco, una tensión de amor, un deseo profundo del encuentro con Dios. Entonces el método se pondrá en su lugar en el momento que conviene y el monje buscará vivir de estahesiquia. Va a vivir en el silencio, en un cierto retiro, y va a orar. Va a utilizar lo que nosotros llamamos la «oración del corazón» o también «oración de Jesús». Esta forma de plegaria está totalmente ligada a la tradición hesicasta. ¿Cómo es esta oración? Nosotros repetimos con un rosario, que siempre llevamos a mano:«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros pecadores». Esa es la fórmula más completa. Puede simplificarse diciendo simplemente: «Señor» o«Jesús».

Los griegos dicen «Kyrie eleison»«Señor ten piedad». Es la misma fórmula, más o menos desarrollada. Esta plegaria repetitiva que el monje utiliza no es un medio que, al cabo de doscientas o trescientas repeticiones, le permitan encontrar a Dios. Es simplemente un grito de amor, porque cuando se ama, los amantes gustan de nombrarse. El amor, nosotros lo sabemos bien, pasa por la palabra, pero la palabra más limpia. Cuando una pareja se encuentra y decide casarse, sabemos bien que el efecto amoroso les da una posibilidad de encuentro que pasa por las palabras. Cada uno querría decir sin cesan al otro que le ama, pero cuando volvemos a encontrar a esa pareja hacia el final de su vida, ellos no se dicen ya nada, ellos se miran el uno al otro. La simple mirada es suficiente para manifestar este amor, que se vive en el silencio, en la paz, en el corazón totalmente despojado de aquello que le estorbaba al principio, probablemente a causa de la pasión. Y bien, el monje vive esto, a su manera desde luego, transponiendo esta experiencia. Es necesario que él se calle; es necesario que vaya hacia el silencio y que repita este nombre de amor: Jesús.«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros»: se trata de una declaración de amor. Reconocemos nuestro Dios, y nosotros Le decimos: «Ten piedad de mi», no en una actitud miserabilista en la que estaríamos como“pisoteados” por nuestro Dios, no se trata de eso de ninguna manera. Simplemente, reconocemos, en la humildad, que nosotros no sabemos amar. Nosotros no sabemos amar, pero queremos amar. A causa de esto, decimos: «Ten piedad de nosotros. Ayúdanos a amar». Ya que si queremos ser amantes de Dios, pues bien, es necesario que El, que nos a creado y que es Amor, nos muestre este Amor, no haga participes de él, nos acoja en El. No hay otra fuente. Entonces el monje hesicasta va a esforzarse todo a lo largo de su vida en orar al Cristo, Cristo que ha dicho: «Orar sin cesar»(Cf. Luc 18,1). Podríamos responderle: «¿Pero cómo, Señor, se ora sin pausa? ¿Qué significa esta invitación perpetua?»

No se trata para el Cristo de decirnos sin pausa: «Hablarme», ya que él nos ha advertido: «En vuestras oraciones, no machaquéis como los paganos: ellos se imaginan que hablando mucho se harán escuchar mejor» (Mt 6,7). Ya sabemos, nosotros le hablamos demasiado a menudo para pedirle, pedirle y más pedirle. En ciertos momentos debe ponerse algodones en las orejas diciendo: «¡Que paren, que paren de pedir siempre algo!». Me parece que nuestro Dios, cuando nos dice que oremos sin cesar, nos invita a contemplarle, a desearle. Es eso la oración. No es forzosamente una formulación exterior, sino que es sobre todo una actitud del corazón. Es necesario desear al Señor. Es en este deseo donde se instala esta oración perpetua. La oración de Jesús, la oración del corazón que nosotros utilizamos, nos ayuda a esto ya que ella está muy limpia. Se vuelve, es verdad, un hábito, una llamada interior a la que nos es necesario responder.

Muy a menudo, cuando monjes jóvenes vienen a mi monasterio ellos me dicen: «Bueno, enséñeme a orar». No saben orar bien. Entonces les doy un rosario de oración. Además ellos lo reciben litúrgicamente con la toma de hábito. Yo les digo: «¡Ahora comienza esta oración!». Como son jóvenes monjes llenos de deseo, de energía y de brío, quieren una regla de oración fuerte, densa, lo más llena posible. Entonces les dejo hacer y les digo si. Y después, quince días o tres semanas mas tarde, vienen y llaman a la puerta de mi celda diciendo: «¡No lo consigo!». No han comprendido que no es un método. Se cansan, y eso puede ser incluso peligroso, de repetir esta invocación obstinadamente. Esto no tiene ningún interés en el plano espiritual y puede presentar un peligro, incluso en el plano físico. No comprenden que hay que comenzar muy suavemente, pero teniendo una actitud de deseo de Dios.

De hecho, quizás simplemente baste con decir el nombre de Jesús. Ustedes saben cuanta importancia, en nuestras tradiciones comunes, tiene el nombre. Ahí está, simplemente hay que decir este nombre y deslizarse dentro, muy suavemente, sin el deseo de hacer una proeza. Es necesario que nuestra plegaria sea humilde si quiere ser verdaderamente hesicasta. La humildad es absolutamente indispensable. Es muy evidente que ninguno de nosotros en este mundo es perfectamente humilde. Somos aprendices del amor y de la humildad. Y hay que aceptar eso, pero es necesario también luchar por adquirir todo lo posible esta humildad, que nos permite entonces el verdadero encuentro con Dios. Buscar la humildad y pedir la humildad a Dios, son otras actitudes indispensables para los monjes hesicastas.

Nos gusta mucho un santo ruso del siglo pasado, san Serafín de Sarov, un hombre extremadamente humilde. Un día, explicó a alguien que vino a verle, como vivir lahesiquia, como vivir esta quietud en Dios. Y le dijo esta frase: «Si tu tienes la Paz en tu corazón, es decir si tu eres hesicasta, entonces salvarás millares de almas a tu alrededor». ¿Qué significa esta frase? Es necesario comprenderla. Si San Serafín dice: «Si tu tienes la Paz en tu corazón, tu salvarás millares de almas», es porque él ha pasado por todo un camino que es para nosotros un ejemplo. El nos ha mostrado a través de su vida que es necesario ser humilde, que hay que aceptar ser pequeño, no saber, no conocer a Dios, sobre todo no poseerlo, lo cual sería un error fundamental. Hay que pasar por la humildad y el abandono, y San Serafín ha pasado por eso. Que es la humildad sino el descubrimiento objetivo de lo que nosotros somos: pobres, pequeños, desamparados, no amantes. Esto puede conducirnos a la desesperación, lo cual no es el buen camino. Es necesario que este descubrimiento en la humildad nos conduzca a la paz. Y la única vía posible es el abandono entre las manos de Dios. Si yo descubro que soy pobre, no debo desesperarme, ni rebelarme. No es la solución buena. Cuando me desespero y me rebelo ¿A quién hago referencia? ¡A mí, pero no a mi Creador! Pero si yo se ver mi debilidad humildemente, si sé no rebelarme, si se verdaderamente girarme hacia Dios, en la confianza, diciéndole: «¡Soy pequeño y pobre, pero Tu, Tu puedes todo, tómame en la palma de tu mano y guíame!», entonces este abandono, que es la segunda etapa –humildad, después abandono– va a conducirme a la quietud, a la paz del corazón, porque estaré al fin, entre las manos del Unico que puede darme esta paz, Aquel que es el Amor, nuestro Dios. He aquí entonces, por el ejemplo de San Serafín de Sarov, como la tradición hesicasta puede vivirse.

Quisiera terminar con un ejemplo bíblico, evangélico más precisamente, que ustedes conocen quizás. Se trata del episodio en el que Jesús se encuentra en la casa de sus amigos Lázaro, Marta y María, judíos que amaban al Señor y que le acogían frecuentemente. En este episodio, no se habla mucho de Lázaro, sino sobre todo de sus hermanas, Marta y María. Una de ellas, Marta, afanada, prepara la comida, se mueve, pone la mesa, en fin uno puede imaginarse todo lo que ocurre. La otra, María, está a los pies del Señor, Le mira simplemente y Le escucha. Entonces la que pone la mesa va donde Jesús y le dice: «¡Pero bueno, dile que me ayude! ¿Qué hace ahí?» Y el Señor responde: «Tu te mueves mucho, pero ella ha escogido la mejor parte» (Luc, 10, 38-42)

Dicho de otra manera, en este pasaje evangélico, en esta experiencia de Marta y María, el Cristo enseña: «¡Atención a la agitación inútil!» No quiere decir que no fuese acogedora esta agitación, él no censura a la que prepara la comida, simplemente dice: «¡Atención, María ha cogido la mejor parte!»

Todos nosotros tenemos forzosamente una Marta y una María en el interior de nosotros mismos. Intentemos escoger nosotros también la mejor parte. Amen.

Muchas gracias.

(Texto extraído de mariabo)
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